Ernest Mandel

Ernest Mandel: 5 de abril de 1923 – 20 de julio de 1995. Sus escritos en los archivos Red Mole, en francés, inglés, castellano y portugués

Hungría 1956: una revolución obrera contra la burocracia

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El 4 de noviembre de 1976, veinte años después de que los tanques soviéticos aplastaran la revolución húngara, la agrupación de Lovaina de la Liga Revolucionaria de los Trabajadores (RAL/LRT), sección belga de la IV Internacional, celebró un mitin público en el auditorio De Valk. Asistieron unas 150 personas, en su mayoría estudiantes. El orador fue Ernest Mandel. Herman Michiel grabó el acto en una casete; el turno de preguntas posterior no se grabó, y falta el comienzo de la presentación. Reproducimos aquí la grabación completa, en las cinco partes en que fue digitalizada: la presentación de Peter Weyns y las cuatro partes de la intervención de Mandel. Los títulos son de la redacción.


Primera parte (presentación de Peter Weyns): Sí al socialismo, no a la burocracia estalinista

[La grabación empieza a mitad de frase.] … [la lucha de los] obreros polacos contra la burocracia estalinista fue la señal de partida del levantamiento obrero húngaro. Ese fue el comienzo de lo que nosotros llamamos la revolución húngara. Y empleamos la palabra revolución a conciencia, porque en torno a lo que ocurrió en Hungría en el 56 existen un montón de mitos. Un mito es una deformación de los hechos, y suelen difundirlo personas que tienen interés en deformarlos. Así, la Unión Soviética, China y otros Estados obreros burocratizados y degenerados tienen interés en presentar la revolución húngara como contrarrevolucionaria, y ello porque temen levantamientos populares de ese tipo. Y así, la burguesía europea, y la burguesía en general, tiene interés en presentar la revolución húngara como fascista, contrarrevolucionaria y anticomunista. Creo que las razones son evidentes. Lo que queremos hacer aquí esta noche es desmontar esos mitos y demostrar con los hechos que el verdadero carácter de la revolución húngara fue en lo esencial anticapitalista y antiestalinista, digan lo que digan otros.

Un segundo objetivo de esta noche es mostrar, a partir de los acontecimientos de Hungría, qué socialismo queremos realmente. Creemos que la revolución húngara, y su organización en consejos obreros, demuestran una vez más que es posible una alternativa válida, una alternativa socialista válida, frente al estalinismo y frente a la burocracia. Ese es, pues, el socialismo que queremos.

Por ese socialismo democrático de los consejos trabajan la RAL y la SJW, la Joven Guardia Socialista. Las posiciones de la IV Internacional al respecto pueden leerse en el folleto que tenéis aquí. Y en cuanto a la práctica, creo que la RAL y la SJW han demostrado de sobra que van en serio con el socialismo democrático de los consejos. En la campaña del año pasado contra el preámbulo y contra la ley-programa, fue la SJW la que fue aquí, en la universidad, el verdadero motor de la organización democrática y de la estructuración democrática de toda la campaña. Y queremos llegar aún más lejos en el futuro, naturalmente. Por eso quiero aprovechar esta breve presentación para hacer una vez más un llamamiento a todas las personas interesadas en colaborar con la SJW y con la RAL. Es importante que la gente se informe de la posición de la RAL y de las posiciones de la SJW, que se ponga en contacto con los militantes de su facultad y que venga a las reuniones. Puedo anunciar ya la próxima: todos los lunes a las ocho, en el Sociale Raad, se celebra la reunión central de la SJW.

Otra cosa. Este acto se organiza junto con la RAL, pero en realidad lo organiza la Fundación Léon Lesoil. La Fundación Léon Lesoil ha montado todo un ciclo, un curso básico y un ciclo de mítines, sobre el marxismo, y sobre el marxismo y una serie de problemas. Para quienes no conozcan todavía el programa, aquí hay carteles; podéis llevaros uno al salir. Y quien quiera colaborar en su preparación puede pasarse por el local.

Por lo demás, brevemente, el orden del acto. Nos han pedido que terminemos a las once. Después de esta breve presentación, el camarada Mandel empezará su intervención, que durará unos tres cuartos de hora. Luego habrá un pase de diapositivas de diez a quince minutos sobre los acontecimientos de Hungría en el 56. A continuación se podrán plantear algunas preguntas, y propongo que en una primera ronda las limitemos a unas seis. Después podrá haber más, pero primero unas seis. Luego habrá una breve pausa, y tras la pausa el camarada responderá a las preguntas y se podrán plantear otras nuevas. Terminaremos el acto a las once.

Solo me queda dar la palabra al camarada. Quizá pueda repetir el lema, el lema bien claro bajo el que se celebra este acto: ¡Sí al socialismo! ¡No a la burocracia estalinista!


Segunda parte (Mandel, I): Por qué se levantó Hungría

Bien, camaradas. Sobre los hechos, al menos en su forma más general, hay poca discusión. Hace veinte años, la inmensa mayoría de los asalariados de Hungría se levantó contra el orden político existente. Tras la intervención del ejército soviético, del ejército ruso, ese levantamiento tomó la forma de un enfrentamiento entre la clase obrera húngara y ese ejército ruso. Durante unas tres semanas, tres o cuatro semanas, hubo en Hungría una huelga general. No había producción, no había transporte; durante días y días no hubo agua corriente, ni gas, ni electricidad, ni tranvías. Las tropas rusas en sus cuarteles y campamentos no recibían pan, ni agua, ni suministros. Los mandos rusos se vieron obligados a negociar con los representantes de los consejos obreros elegidos democráticamente. En el Consejo Obrero Central de Budapest se sentaba un coronel del ejército soviético con un intérprete; participaba en todas las deliberaciones, y no tenía más remedio que hacerlo, porque no había absolutamente ninguna posibilidad de restablecer unas relaciones económicas normales ni de reanudar la producción si no era negociando con los productores. Y los productores decían: «Solo podéis negociar con nosotros si negociáis con nuestros representantes, y nuestros representantes libremente elegidos son los miembros de este consejo obrero».

Por qué esa poderosa lucha obrera, una de las más unidas y mejor organizadas que hemos conocido en el siglo XX, no triunfó finalmente, lo trataré brevemente al final de esta intervención. Pero que fue una lucha obrera de esa naturaleza es algo que está por encima de todos los demás factores. La disputa, la discusión, gira en torno a esos otros factores; apenas afecta a los hechos mismos. En realidad nadie los discute. Que allí tuvo lugar una lucha obrera tan amplia, con el apoyo de todas las demás capas trabajadoras de la población, con el apoyo de los campesinos, de los intelectuales y de la pequeña burguesía urbana, eso da a la revolución húngara, o al levantamiento popular húngaro, llamémoslo como queramos, un carácter muy nítidamente definido.

Así pues, primero tenemos que plantearnos la pregunta: ¿cómo fue posible? ¿Cómo fue posible, a pesar del acuerdo de Yalta, que dividió Europa en dos esferas de influencia, la occidental y la rusa? ¿A pesar de que (ahora se habla de coexistencia pacífica y de las dos superpotencias) la superpotencia norteamericana no disparó un solo tiro para acudir en ayuda del levantamiento húngaro, supuestamente contrarrevolucionario, y respetó estrictamente en 1956 la división de Europa en dos esferas de influencia? ¿A pesar de que la población húngara se sentía profundamente aislada del resto del mundo, trágicamente aislada frente a una gran potencia todopoderosa, la Unión Soviética, con el ejército más poderoso de Europa? ¿Cómo es que, aun así, se produjo el levantamiento?

Creo que podemos señalar cinco razones, cinco razones centrales.

En primer lugar, y es con mucho la razón más importante de ese levantamiento, de esa revolución: en Hungría nos encontrábamos ante un régimen político en el que el poder político lo ejercía un pequeño grupo de burócratas, de funcionarios, una fracción del movimiento comunista húngaro, la fracción Rákosi-Gerő. Esa fracción estaba totalmente aislada de la clase obrera, totalmente aislada de la población trabajadora. Y debo añadir: totalmente aislada también de la masa de los comunistas. Ya solo gobernaba mediante la violencia, el terror, la policía secreta, encarcelando, cuando no torturando, a sus adversarios políticos. Y ese aislamiento había alcanzado tales proporciones que se había vuelto insoportable para la masa de los militantes comunistas, e incluso para una parte creciente de los funcionarios comunistas.

Se puede decir que una dictadura así, la de una burocracia privilegiada, existe también en otros países de Europa del Este, y en la Unión Soviética, y que eso en sí mismo no es todavía motivo de revolución, o al menos no explica por qué en un momento dado estalla una revolución. Es cierto. La contradicción reside en que una dictadura así, la de un grupo muy pequeño de funcionarios aislado de la clase obrera y del resto de la población, solo es posible, y solo puede mantenerse a largo plazo, mientras la clase trabajadora permanezca pasiva. Mientras la clase trabajadora esté despolitizada, no haga política, no se ocupe de política y no intente influir por sí misma en la dirección de la economía, de la administración y del Estado. Podemos decir, pues, que lo que hizo insostenible aquel régimen en 1956 fue una creciente toma de conciencia política y una creciente actividad política de una capa tras otra: primero de los intelectuales, de los estudiantes y de la juventud, y después de la clase obrera, en los meses y los días que precedieron al 23 de octubre de 1956. La causa principal de esa revolución es, pues, la contradicción insalvable entre una dictadura burocrática aislada, la de una pequeña fracción en la dirección del Partido Comunista de Hungría, y la creciente toma de conciencia y actividad política de capas cada vez más amplias de la población trabajadora: en primer lugar jóvenes, estudiantes, intelectuales y obreros.

La segunda razón, que está ligada a la primera pero no coincide del todo con ella, es la siguiente. En 1955 la dirección rusa del Estado y del partido dio su gran giro: Jrushchov fue a Belgrado y reconoció abiertamente que Stalin y la dirección del movimiento estalinista internacional se habían equivocado al anatematizar a los comunistas yugoslavos como traidores, fascistas o espías, al expulsarlos de la Kominform y al intentar destituir desde fuera a la dirección del partido y del Estado que reconocía la gran mayoría de los comunistas yugoslavos. A partir de ese momento, y con más fuerza aún a partir del XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, en febrero de 1956, en todos los partidos comunistas de Europa del Este se libraba una violenta lucha de fracciones entre distintos grupos y corrientes del movimiento estalinista. Simplificando mucho, y es una simplificación, pero en fin, podemos reducirla a una lucha entre los liberales, la fracción partidaria de cierta democratización del régimen, y la fracción conservadora, inmovilista, estalinista de pura cepa, representada en Hungría por Rákosi y Gerő.

El símbolo de la fracción liberal en la dirección del partido húngaro era, muy en contra de su propia voluntad, porque no era un hombre ni enérgico ni dinámico, el antiguo primer ministro Imre Nagy. Había sido destituido y expulsado del partido por medios muy burocráticos. Y por eso, lo repito, sin quererlo y sin duda sin ninguna iniciativa propia, se había convertido a los ojos de amplias capas de militantes comunistas, sobre todo militantes obreros y campesinos, en el símbolo de una resistencia, digamos, suave, de una oposición suave al estalinismo de pura cepa.

Y el clamor «Readmitid a Imre Nagy en el partido, en la dirección del partido, en el Comité Central y en el gobierno» se hizo cada vez más fuerte dentro del Partido Comunista de Hungría a partir de finales del 55 y comienzos del 56, y sobre todo después del XX Congreso. Cada vez más militantes y cuadros decían: «El XX Congreso ha demostrado que Nagy tenía razón, y que nosotros siempre tuvimos razón cuando nos opusimos a las formas de terror más brutales y más infames, tal como se aplicaron con Rákosi y Gerő».

En el plano internacional, eso está ligado a combates similares que se libraban entonces en el Partido Comunista polaco y en el checoslovaco. En el partido polaco hubo, a lo largo de todo el año 1956, una lucha de fracciones muy violenta en la dirección y entre los cuadros. El símbolo del ala liberal de la burocracia en Polonia era el propio Gomułka, el mismo tipo de figura que Nagy, aunque más enérgico y también menos fiable que Nagy, eso quisiera añadirlo, visto desde el punto de vista de la clase obrera.

Para devolver a Gomułka a la dirección del partido se desarrolló en Polonia un movimiento obrero muy fuerte: grandes huelgas, ocupaciones de fábricas, también la formación de consejos obreros, una manifestación gigantesca de casi medio millón de personas en Varsovia. Los rusos amenazaron entonces con intervenir también militarmente para impedirlo. Jrushchov se presentó en persona en una sesión del Comité Central del partido polaco para impedir el regreso de Gomułka.

Los chinos, y volveré sobre ello en mi conclusión, porque es muy contradictorio, los chinos defendieron encarnizadamente al comunista liberal Gomułka contra los estalinistas en Polonia. Amenazaron, públicamente, con tomar abiertamente partido por los polacos en caso de una intervención militar en Polonia. Y eso desempeñó probablemente un papel, no el papel decisivo, pero sí un papel, en hacer posible lo que podemos llamar la toma del poder por Gomułka, si queremos llamarla así.

Por cierto, es interesante que en la sesión decisiva del Comité Central polaco, que tuvo lugar también el 23 de octubre, justo en el momento en que comenzaba la revolución húngara, Gomułka, que para entonces ya había sido elegido primer secretario, utilizara en su informe exactamente los mismos argumentos que Nagy. El acta de esa sesión se publicó más tarde, en una tirada de medio millón de ejemplares, en la revista teórica del partido polaco, y se agotó en pocos días. ¿En qué terreno? Denunció el terror, el abuso de los medios administrativos, la detención y la tortura de los adversarios políticos, la represión de los derechos de los trabajadores en las empresas, el no reconocimiento del derecho de huelga. En el informe de Gomułka hay todo un capítulo sobre la necesidad de reconocer el derecho de huelga, que, dicho sea de paso, también reconoce oficialmente la última reforma de la Constitución china, incluso para un país socialista.

Todos esos mismos puntos figuran en la plataforma de Nagy, por la que Nagy lucha durante todo el año 56 en el partido húngaro y en torno a la cual empieza a formarse una fracción más o menos organizada, con sus reuniones. Las más famosas, o las más tristemente célebres, fueron las reuniones de intelectuales del Círculo Petőfi, en Budapest. Pero eso no era más que una pequeña parte. En cierto sentido, más importantes fueron las asambleas de estudiantes en la universidad, las reuniones de las organizaciones juveniles, las asambleas en las empresas, las reuniones en los sindicatos. Porque un movimiento así, como más tarde en Checoslovaquia en el 68, una vez que se pone en marcha, corre en paralelo por todas las capas trabajadoras importantes de la población. En cuanto la gente empieza a volverse políticamente activa y se sueltan las lenguas, cada cual dice lo que lleva dentro. Y son siempre las mismas, o parecidas, aspiraciones, deseos y reivindicaciones que las que acabo de enumerar.

La tercera razón del levantamiento es una particularidad de Hungría que en Polonia no desempeñó ningún papel, o solo uno secundario, porque en Polonia, por suerte, no habían ocurrido cosas tan feas, y menos aún en Checoslovaquia, aunque allí habría habido motivos sobrados para el mismo estímulo. Fue una indignación enorme, no solo en los medios comunistas, sobre todo entre los comunistas y los cuadros comunistas de más edad, sino en amplios sectores de la población, ante las dilaciones de la dirección del Estado y del partido para sacar todas las conclusiones de la rehabilitación de las víctimas comunistas del propio estalinismo.

Como probablemente sabéis, el secretario general del Partido Comunista húngaro en la clandestinidad había sido quien dirigió la resistencia contra los nazis y contra los fascistas húngaros. Era el que tenía más seguidores, porque no había pasado, como Rákosi, veinte o quince años en el extranjero para volver a Hungría tras la ocupación rusa, sino que se había quedado en el país y había dirigido allí la lucha contra los fascistas, con un riesgo muy grande para su vida, evidentemente. Era la figura más popular entre los comunistas húngaros, y además había desempeñado (no es tan simpático como quisiéramos, pero en fin, es un hecho objetivo) el papel más importante en la conquista del poder por los comunistas húngaros, de manera muy burocrática, en los años 47 y 48. László Rajk fue condenado como traidor, fascista, titista, nacionalista, chovinista y no sé qué otras acusaciones estúpidas, condenado a muerte y ejecutado durante los tristemente célebres procesos de los años 1949 a 1951. En Checoslovaquia había ocurrido lo mismo con el secretario general del Partido Comunista checoslovaco, Slánský. En Bulgaria había ocurrido lo mismo con el secretario del Partido Comunista búlgaro, Kostov.

Por qué esas purgas se produjeron en aquel periodo de una manera tan escandalosa e inhumana es algo en lo que no queremos perder demasiado tiempo; no es el tema de esta intervención. Probablemente podemos reducirlo, en lo esencial, a un factor. Stalin y la fracción estalinista querían trazar una raya de sangre entre quienes obedecían ciegamente todas las órdenes rusas y aquellos dirigentes estalinistas de Europa del Este de quienes se pensaba que, por su relativa popularidad y su relativa base entre los militantes comunistas, podrían caer algún día en la tentación de seguir el ejemplo de Tito y de Mao Zedong, es decir, de llevar una política comunista independiente en su propio país. Había que aplastar, pues, toda tentación de emprender un camino independiente así, presentando a todos los candidatos a Tito y a Mao de esos países como traidores, fascistas, trotskistas, titistas, contrarrevolucionarios y criminales.

Bien, tras la rehabilitación de Tito en 1955 ya no era posible, evidentemente, seguir llamando traidores a esos viejos militantes comunistas, porque la acusación principal era que habían sido agentes de Tito. Si Tito es un fascista, de acuerdo, entonces un agente de Tito también es un fascista. Pero si Tito ya no es un fascista, sino un buen comunista… Quizá recordéis la famosa, o tristemente célebre, declaración de Jrushchov cuando bajó del avión en el aeropuerto de Belgrado: «Queridísimo camarada Tito, queridísimos camaradas yugoslavos, os pedimos perdón desde lo más hondo de nuestro corazón por la injusticia que os hicimos bajo la presión del provocador Beria». Beria fue convertido entonces, naturalmente, en el chivo expiatorio de todo aquello. Tras unas declaraciones públicas tan sensacionales, publicadas por toda la prensa de Europa del Este, ya no era posible, evidentemente, seguir presentando como criminales, fascistas y traidores a los seudotitistas (porque Rajk nunca fue un verdadero titista, como tampoco lo fueron Slánský ni Kostov), a personas a las que se había declarado agentes titistas. Se llegó, pues, a una rehabilitación, digamos, semioficial y parcial de aquellos viejos dirigentes comunistas.

Más o menos lo mismo ocurrió en la Unión Soviética después del XX Congreso. Se reconoce, sí, que aquellos procesos fueron todos mentiras, que las acusaciones contra los viejos comunistas rusos eran falsas. Pero nadie se arriesga a rehabilitarlos abiertamente, porque se tiene miedo de las consecuencias. Y, en efecto, rehabilitaciones así pueden tener consecuencias enormes, desencadenar una verdadera reacción en cadena. Porque hubo muchísimos cómplices de aquellas detenciones y condenas, y muchísimos de ellos conservaron después posiciones muy importantes. El propio Jrushchov es uno de los principales responsables de la represión, a pequeña escala, en Ucrania. Entonces no era un gran jefe, solo era un jefecillo. Pero en fin, los jefecillos también hicieron condenar y deportar a miles de inocentes en sus regiones, en pueblos y ciudades. Y, naturalmente, retrocedieron ante la idea de hacer reconocer la rehabilitación completa de todas sus víctimas.

Lo mismo ocurrió, pues, en Hungría. Pero allí, por la gran popularidad de Rajk y por la presencia de su viuda, Júlia Rajk, una buena militante comunista que, por cierto, todavía vive hoy en Budapest y que luchó muy activamente por la rehabilitación de su marido, se puso en marcha un gran movimiento popular, y fue uno de los detonantes del levantamiento. Unas semanas antes del levantamiento, el primer gran movimiento de masas en Budapest es una manifestación de más de doscientas mil personas que siguen por las calles de la capital húngara a la viuda de Rajk, que camina sola a la cabeza, hasta el segundo entierro de Rajk. Esta vez el entierro oficial no es el de un criminal, sino el de un resistente comunista, un noble militante comunista.

Y la cuarta razón del levantamiento es, si queréis, la suma de los roces nacionales, de carácter económico y político. El elemento nacional, o nacionalista (podemos llamarlo así tranquilamente), de ese levantamiento es muy grande. Los húngaros, el pueblo húngaro, se sienten oprimidos por una gran potencia extranjera, la Unión Soviética. Se sienten explotados por una potencia extranjera. Hay en ello un elemento de exageración, y hay también, sin ninguna duda, absolutamente, un elemento de verdad.


Tercera parte (Mandel, II): ¿Qué tipo de revolución?

Muchos camaradas, sobre todo los maoístas, creen que la explotación económica de los países de Europa del Este solo existe desde que el capitalismo fue restaurado allí, de manera misteriosa, en 1956. En realidad, existen elementos de explotación económica desde el primer día de la ocupación rusa, desde 1944-1945.

Y si miramos las cosas de cerca, tenemos que reconocer que esa explotación económica fue mucho peor con Stalin, en los primeros años de la ocupación, que más tarde. Daré un solo hecho, uno entre muchos. Con Stalin se crearon en Hungría, como en las demás zonas ocupadas por los ejércitos rusos, instituciones económicas que se llamaban abiertamente (hoy parece casi increíble) sociedades anónimas soviéticas: sociedades propiedad de la Unión Soviética, que explotaban fuerza de trabajo en territorio extranjero y llevaban materias primas y productos acabados a la Unión Soviética. Actuaban, pues, como actúa el capital extranjero en el extranjero. Esas sociedades siguieron existiendo hasta el 53, hasta después de la muerte de Stalin. Y si entonces se disolvieron y se devolvieron al pueblo húngaro, como se devolvieron a la población de Alemania del Este, a la de Austria y a la de los demás países de Europa del Este ocupados entonces por el ejército ruso, no fue porque los sucesores de Stalin fueran mejores personas que el propio Stalin. Fue porque la resistencia contra esas formas de explotación se había hecho tan grande que había provocado una primera explosión: el levantamiento obrero de Alemania del Este de 1953.

Fue después de ese levantamiento obrero, y es uno de los resultados positivos que consiguió, cuando el gobierno soviético se vio obligado a disolver las sociedades anónimas soviéticas en Europa del Este y, en general, a aflojar su control sobre la economía de esos países. No digo a renunciar del todo a él, sino a aflojarlo; ese control, por cierto, sigue existiendo hoy, más suave que con Stalin, pero todavía con muchísimos fenómenos negativos y desagradables. A eso se añade que la inmensa mayoría de la población percibía a la dirección política del Partido Comunista húngaro y del gobierno húngaro como los lugartenientes de una potencia extranjera: no como representantes elegidos de la clase obrera húngara, sino como representantes directos de los rusos, de los dominadores y opresores extranjeros.

Y sin duda el sentimiento nacional húngaro, como el polaco, es históricamente antirruso, por razones históricas muy conocidas. La gran revolución democrático-burguesa de Hungría, la revolución de 1848, fue aplastada por los rusos, por los zares rusos. Los zares enviaron entonces tropas a Hungría para restablecer el poder de los emperadores austriacos, que la revolución húngara había derribado. Y la Rusia de los zares quedó identificada en Hungría, como en Polonia, con la contrarrevolución, la opresión y la tiranía.

No es el caso, por ejemplo, de Checoslovaquia. No es el caso de Bulgaria ni de Yugoslavia, donde existe otra tradición histórica: la tradición del paneslavismo como idea, del apoyo de Rusia a la lucha de liberación de las pequeñas nacionalidades eslavas. Allí no existe históricamente ningún sentimiento antirruso, en absoluto; incluso bajo los gobiernos burgueses y reaccionarios de antes y después de la Primera Guerra Mundial reinaba allí, por esa tradición histórica, cierta simpatía hacia cualquier gobierno ruso. Se puede decir, pues, y es un hecho, que las corrientes de derecha en Hungría pudieron introducir, después de 1945, elementos nacionalistas en cualquier movimiento político, gracias a la tradición antirrusa que reinaba allí.

Es un hecho. Pero también es un hecho que la forma particular de régimen político, de dominación política, que la fracción estalinista había implantado allí se lo puso extraordinariamente fácil, y sobre todo la primera intervención. Yo diría que hubo un punto de inflexión. Antes del 23 de octubre, todas las fuerzas de oposición, incluso las anticomunistas, eran extremadamente prudentes, por razones muy evidentes, y evitaban cualquier fórmula que pudiera considerarse hostil o dudosa desde el punto de vista ruso. Es interesante ver que incluso los socialdemócratas húngaros, cuando todavía estaban en la clandestinidad, en vísperas del 23 de octubre, no se atrevieron a cuestionar abiertamente la pertenencia de Hungría al Pacto de Varsovia. No era por una convicción profunda, porque desde luego no son partidarios del Pacto de Varsovia, sino porque no querían dar a los rusos un pretexto para intervenir; eso cae por su propio peso.

Adoptaron una actitud parecida, si se nos permite el paralelo, a la de los comunistas italianos y franceses de hoy, que dicen: «Sí, si llegamos a ministros, no vamos a salir de la OTAN. Porque si dijéramos que íbamos a romper los tratados firmados por nuestros Estados, el hecho de que llegáramos a ministros desencadenaría de inmediato una gran crisis internacional. Y no queremos dar a los norteamericanos un pretexto para desencadenar una crisis así». Si eso es correcto o no en el caso de los comunistas italianos y franceses, no quiero entrar en ello. Solo quiero señalar el paralelismo de la situación.

Antes del 23 de octubre, pues, a pesar de la gran hostilidad de la población hacia lo que se llamaba la explotación rusa y los extranjeros rusos, nadie cuestionaba la pertenencia de Hungría al Pacto de Varsovia. No figuraba en ningún programa político de los que se discutían en Hungría. Pero entonces llegó la primera intervención militar, cuando los rusos lanzaron tanques contra los obreros y los estudiantes húngaros y abrieron fuego. (Tampoco hay que exagerar: el 23 de octubre no hubo una enorme matanza, pero los militares sí intervinieron). La matanza la desencadenó la ÁVO, la policía secreta de los estalinistas húngaros, que disparó contra una multitud desarmada ante la sede de Radio Budapest y desató así la furia popular. Desempeñaron un verdadero papel de provocadores, probablemente a sabiendas. Después de esos primeros enfrentamientos militares, el sentimiento antirruso y el nacionalismo húngaro se dispararon, y en las semanas siguientes el elemento nacional de ese levantamiento fue sin duda un elemento muy importante.

No debemos hacernos ilusiones. Lo mismo ocurrió en Checoslovaquia en el 68, y lo mismo ocurrirá en toda Europa del Este. Es inevitable. Cuando hay allí una situación en la que el poder militar de una gran potencia, la Unión Soviética, aparece como lo que decide el régimen político de cada uno de esos países, reina evidentemente una resistencia callada contra esa situación política inaceptable y antidemocrática. Y en cuanto los sentimientos políticos pueden expresarse, traen consigo, entre otras cosas, sentimientos antirrusos muy agudos. Que eso sea positivo o negativo depende de la posición que se tenga ante la Unión Soviética, ante el gobierno soviético; pero es una consecuencia. No es una causa, es una consecuencia de formas de gobierno que, desde un punto de vista socialista, desde el punto de vista de la democracia obrera, de la democracia de los consejos o de la democracia socialista, son inaceptables. Si se reprimen los sentimientos nacionales y las aspiraciones nacionales de muchos grandes pueblos, tarde o temprano se paga por ello un precio muy alto. Los rusos pagaron ese precio en Hungría en el 56 y en Checoslovaquia en el 68, y todavía lo pagarán muchas veces en el futuro. Es inevitable. Se lamente o no, es un hecho.

Ahora podemos plantearnos, pues, la pregunta: ¿qué fue ese levantamiento? ¿Qué fue esa revolución? ¿Qué es una revolución? Una revolución, dice Lenin, es un cambio de las formas de dominación que se produce cuando los de arriba, los que gobiernan, ya no pueden seguir gobernando como antes, y cuando los de abajo, los que normalmente son gobernados, ya no se dejan gobernar como antes. En ese sentido, si se toman juntos esos dos factores, se puede decir realmente: aquello fue una revolución.

No cabe la menor duda de que la fracción Rákosi-Gerő ya no podía gobernar en Hungría después del 23 de octubre de 1956. Saltó literalmente en pedazos. De ello tenemos que sacar, por cierto, algunas conclusiones; enseguida volveré sobre la naturaleza, la amplitud, la duración y la relativa facilidad de una revolución política contra una burocracia dominante en un Estado obrero burocratizado. En cuanto la clase obrera se pone en movimiento masivamente, esa burocracia ya no puede gobernar, precisamente porque no es una clase, precisamente porque no desempeña ningún papel independiente en la sociedad, en el proceso de producción, en la marcha normal de las cosas, porque solo gobierna usurpando el poder de los trabajadores. En cuanto esos trabajadores se ponen en movimiento, esa burocracia ya no puede gobernar. Es literalmente incapaz de hacer ejecutar una sola orden.

Y eso es lo que ocurrió en Hungría después del 23 de octubre. No había allí un solo ministerio, un solo ayuntamiento, una sola administración provincial donde los antiguos directores, los antiguos dominadores, los antiguos burócratas de antes del 23 de octubre pudieran conseguir algo; no digo conseguir, ni siquiera lo intentaban. Toda aquella administración estalla como una pompa de jabón. Desaparece. Ya no está. Hasta tal punto es así que hay ministerios y administraciones (cuando digo ministerios, tenéis que pensar naturalmente en un Estado obrero, donde sectores enteros de la economía están gestionados también por ministerios, que no son, por tanto, solo órganos administrativos, sino también instituciones de la vida económica, administraciones económicas como trusts y organizaciones comerciales), administraciones enteras en las que, durante dos semanas, nadie por encima de cierto rango volvió a pisar la oficina. Sabían que allí ya no pintaban nada, y algunos de ellos probablemente tenían miedo. No de la represión, ojo, porque los trabajadores son en general muy generosos, a menudo demasiado generosos, cuando tienen el poder; pero sí, al menos, miedo a llevarse unos cuantos bofetones y a oír unas cuantas verdades de boca de la población de las ciudades.

Es interesante, llamativo, y una confirmación de la teoría marxista revolucionaria sobre la naturaleza del proletariado, tanto en la sociedad capitalista como en la sociedad de transición entre el capitalismo y el socialismo, que, en cuanto la clase obrera de Hungría se puso en movimiento en su conjunto, la elección de consejos obreros se produjera espontáneamente casi en todas partes. Es asombroso ver con qué espontaneidad ocurrió, con qué paralelismo y con qué semejanza. No digo de manera idéntica, porque cuando las cosas ocurren espontáneamente siempre hay diferencias. Pero en fin, qué parecidos fueron en toda Hungría el programa de reivindicaciones y el programa de instituciones, digamos el programa estatutario, de esos consejos obreros.

Es interesante constatar, y también esto es una gran lección para nosotros, porque confirma lo que venimos diciendo desde hace cincuenta años sobre la clase obrera de Europa occidental y central, que el motivo inmediato de la elección de esos consejos obreros es la lucha. Los consejos obreros se eligen para hacer eficaz, para hacer efectiva, la huelga general contra la intervención rusa del 23 de octubre. Ese es el motivo inmediato. «Organizamos una huelga general. Esa huelga general tiene que ser eficaz, qué demonios. Queremos organizarla; no queremos que se nos vaya de las manos. Así que elegimos consejos obreros, como comités de huelga». Es literalmente el mismo origen que el de los consejos rusos de 1905 y de febrero-marzo de 1917: como comités de huelga, como representantes directos de los trabajadores en huelga y en lucha.

Pero muy pronto, como consecuencia del estallido de la administración, del aparato administrativo del Estado en todo el país (y aquí la analogía es con 1917, o con Alemania en 1918, y no con 1905, porque en 1905 la administración zarista no había estallado), como consecuencia del estallido, de la desaparición, de la desintegración del aparato de Estado estalinista, esos consejos obreros se vieron obligados, además de sus funciones como organizadores de la huelga general, a hacer también cosas positivas. Organizar el abastecimiento de la población. Asegurarse de que, cuando se corta la corriente eléctrica a la industria y a los cuarteles, no se le corte a la población civil corriente: que los propios trabajadores tengan corriente en casa, y agua, que sí se corta, lo repito, a los cuarteles y a las demás instalaciones utilizadas por el ocupante. Toda una serie de tareas positivas tuvieron que resolverlas esos consejos obreros. Empezaron, pues, si queréis, y de forma embrionaria, a desempeñar funciones de Estado, como lo ha hecho toda organización de consejos en la historia de las luchas obreras desde la Comuna de París.

Y así decimos: esto es una revolución. Los de arriba ya no pueden gobernar. Los de abajo ya no quieren ser gobernados de la manera tradicional; intentan conseguir otra forma de gobierno. Y ahora solo queda una pregunta: ¿qué tipo de revolución es esta?

El materialismo histórico nos enseña que en la historia de la sociedad son posibles distintas revoluciones. Hay revoluciones sociales, hay contrarrevoluciones sociales y hay revoluciones políticas. ¿Qué es una revolución social? Una revolución social es el paso del poder de una clase social reaccionaria a una clase social progresista. ¿Qué es una contrarrevolución social? Es el regreso del poder de una clase social progresista a una clase social reaccionaria. ¿Y qué es una revolución política? Una revolución política es el paso del poder político, dentro de una misma clase, de una fracción de esa clase a otra, sin cambio de las relaciones de producción fundamentales, sin cambio del sistema socioeconómico.

¿Es posible eso, una revolución política sin cambio del sistema socioeconómico? Naturalmente. Hemos conocido muchas en la historia. Solo quiero citar dos ejemplos, los dos ejemplos clásicos que cita el propio Karl Marx, aunque hay muchos otros: la revolución francesa de 1830 y la revolución francesa de 1848. En ambos casos estamos, naturalmente, ante una revolución. En el primer caso se derroca una dinastía; en el segundo, la monarquía es sustituida por la república. ¿Estamos ante una revolución social? No. Para hablar de revolución social habría que suponer que antes estaba en el poder la nobleza y que la burguesía la derrocó. Sabemos que la nobleza fue derrocada por la burguesía en 1789. La revolución burguesa tuvo lugar en Francia en 1789, y desde 1789 Francia es un país capitalista. El poder está allí en manos de la burguesía, no de la feudalidad; la feudalidad quedó eliminada como clase socialmente dominante desde 1789. Si desde 1789 las relaciones de producción, la estructura socioeconómica, el modo de producción son capitalistas, entonces, naturalmente, no puede hablarse de revolución social ni en 1830 ni en 1848. No se puede hacer una revolución social burguesa contra la burguesía. Cuando la misma clase social se mantiene en el poder, no hay, naturalmente, revolución social. Lo que hubo en Francia en 1830 y en 1848 fue una revolución política: es decir, llegó al poder otra fracción de la misma clase dominante.

Marx lo describió en sus escritos políticos sobre la Francia del siglo XIX. Dice que la parte de la burguesía que llegó al poder en 1830 fueron los banqueros. Los banqueros no son una clase social, son una parte de una clase social. La clase social es la clase capitalista; los banqueros son una parte de esa clase. Y en la revolución política de 1848 llegó al poder otra parte de esa clase burguesa: los fabricantes, los industriales. Dos revoluciones políticas llevaron, pues, al poder, en el marco de un mismo sistema socioeconómico y sobre la base de las mismas relaciones de producción, a fracciones sucesivas de una misma clase, la burguesía.

Y decimos, pues, que una revolución política en la historia de la sociedad de transición entre el capitalismo y el socialismo es algo del mismo tipo. No restaura el capitalismo, no devuelve el poder a la burguesía. No restaura la propiedad privada. No restaura la explotación del trabajo asalariado por el capital. No restaura, por tanto, el poder de una clase dominante contrarrevolucionaria, sino que cambia la fracción de los asalariados, de los trabajadores asalariados, que ejerce el poder. La burocracia es una fracción de los asalariados. Son personas que cobran un salario: un salario alto, mucho más alto que el de los obreros corrientes, con muchos más privilegios, pero privilegios en forma de salario, de sueldo, no en forma de propiedad privada. Es, pues, si queréis, una fracción parasitaria dentro de los asalariados.

Es un tumor parasitario, dice Trotsky, en el cuerpo de la clase obrera, pero en ese cuerpo, no en el de otra clase. La revolución política extirpa ese tumor. Pone el poder en manos de la masa de la clase obrera. Es, pues, una revolución política, un cambio de régimen político, pero sin derrocamiento de la estructura socioeconómica.


Cuarta parte (Mandel, III): Las contradicciones de los calumniadores y los límites de la espontaneidad

Hungría bajo el poder de los consejos obreros no era un país capitalista. No era un país donde las fábricas se devolvieran a los capitalistas, ni donde la tierra repartida entre los campesinos después del 45 se devolviera a la nobleza o a la Iglesia. Conservó la misma estructura socioeconómica. Pero la propiedad colectiva ya no la gestionaba una pequeña burocracia privilegiada. La gestionaban trabajadores elegidos democráticamente. Es un ejemplo típico de revolución política.

Para concluir, tenemos que plantearnos ahora dos preguntas. Primera: ¿cómo podemos explicar que todavía haya gente, tanto en los partidos comunistas oficiales como en los grupos maoístas, que pone en duda el carácter bastante claro de la revolución húngara de 1956 y sigue calumniando esa revolución? Porque no podemos llamarlo de otra manera. Segunda: ¿por qué fue derrotada esa revolución? ¿Cómo es que, pese a la enorme amplitud y a la enorme unanimidad, a la unidad de su lucha, los trabajadores húngaros no consiguieron alcanzar la victoria o mantenerla, establecer definitivamente el poder de los consejos obreros? ¿Y por qué esos consejos obreros fueron desarticulados y reprimidos al cabo de seis, siete, ocho, nueve semanas, y muchos de sus dirigentes fusilados, ahorcados, encarcelados u obligados a emigrar?

Primera pregunta: ¿por qué se sigue poniendo en duda el verdadero carácter de esa revolución política? Para los partidos comunistas oficiales estuvo bastante claro durante mucho tiempo, porque su línea general consistía en identificar los intereses de la revolución mundial y del proletariado internacional con los intereses del gobierno soviético. Y como aquello era un levantamiento contra un régimen apoyado por el gobierno soviético, era un levantamiento contrarrevolucionario. No hay que buscarle más vueltas. Es un silogismo puro. Socialismo igual a gobierno soviético. Resistencia al gobierno soviético igual a resistencia al socialismo, y por tanto a la revolución. El universo, el universo espiritual, mental, psicológico, intelectual, de un estalinista clásico de nuestro Partido Comunista belga, o del francés o del italiano, era sencillo. Un poco simplista, pero en fin, era sencillo y homogéneo, y en el 56 encajaba como un guante.

En el 76 la cosa se complica. Los amigos del Partido Comunista de Bélgica han ido abandonando a ojos vista la tesis de que quien se opone a cualquier decisión de la dirección del Estado ruso está contra el socialismo y, por tanto, contra la revolución. Hoy también ellos se han opuesto a algunas decisiones de la dirección del Estado ruso. Condenan, por ejemplo, la intervención rusa en Checoslovaquia en el 68. ¿Son también ellos anticomunistas, entonces? ¿Se han convertido también ellos en cómplices del imperialismo occidental por oponerse a ella? Pues caen en una contradicción. Ahora tienen que empezar a tratar los acontecimientos de Hungría no ya con esos silogismos generales y simplistas, sino examinándolos con más precisión, en detalle. Y entonces se meten en dificultades.

Es difícil demostrar que una clase obrera unida (lo repito: una clase obrera unida), que llevó a buen término durante semanas una huelga general total, es contrarrevolucionaria, y que los consejos obreros que eligió, elegidos democráticamente, elegidos en las fábricas, elegidos en asambleas de fábrica, eran instrumentos del imperialismo internacional. La contradicción, por cierto, es aún más profunda. Si miramos los documentos, vemos que el propio Kádár, que hasta hoy dirige el Partido Comunista húngaro y el gobierno húngaro, reconoció esos consejos, reconoció que esos consejos eran los verdaderos representantes de los trabajadores húngaros. En varias de sus declaraciones de gobierno dijo que quería mantener esos consejos como órganos económicos de gestión de las empresas y que los incluiría en la nueva Constitución húngara. Y, como ya he dicho, los propios mandos militares rusos reconocieron esos consejos. ¿Cómo es posible entonces que, veinte años después, camaradas del Partido Comunista belga, del francés o del italiano vengan a contarnos que esos consejos obreros libremente elegidos eran instrumentos del imperialismo, instrumentos de no se sabe qué contrarrevolución, cuando el propio Kádár y los propios rusos los reconocían como representantes de la clase obrera húngara?

Apologistas más sutiles de la contrarrevolución rusa y de la contrarrevolución de Kádár en Hungría dicen: «Bueno, quizá sea cierto que esos consejos obreros eran verdaderos representantes de los trabajadores húngaros, pero los trabajadores húngaros estaban confundidos. Estaban políticamente confundidos. Por los errores de Rákosi y Gerő ya no estaban dispuestos a seguir a los comunistas. Existía, pues, el peligro de que esos consejos obreros cayeran bajo la influencia de socialdemócratas de izquierda, trotskistas, socialdemócratas de derecha, partidos pequeñoburgueses, partidos contrarrevolucionarios. Y eso, a la larga, habría podido llevar a una contrarrevolución».

Pues bien, la respuesta a eso no la dio solo la IV Internacional; la dio incluso el comunista yugoslavo Tito. Difícilmente se puede negar que es un comunista, y un comunista que sabe algo de conquistar el poder. Es, al menos, el único comunista de Europa que, después de la Segunda Guerra Mundial, conquistó el poder al frente de un partido comunista en su propio país y con sus propias fuerzas. Y Tito dijo en noviembre de 1956: «Lo que los rusos y la fracción húngara de Kádár no se atrevieron a hacer en Hungría fue aplicar la gran regla táctica del leninismo de la Revolución rusa: todo el poder a los consejos. Si los comunistas húngaros se hubieran atrevido a lanzar la consigna "Todo el poder a los consejos", su influencia política en la clase obrera húngara habría crecido enormemente, y al menos habrían tenido la posibilidad de recuperar poco a poco su prestigio político perdido». Y añadió: «Siempre se habría podido intervenir más tarde, siempre se habría podido intervenir, seis meses después, un año después, dos años después, una vez hecha esa experiencia política. No se quiso dejar que se hiciera esa experiencia política». No dice por qué, pero para mí está claro. Porque la burocracia rusa tiene miedo de los consejos obreros, miedo de la democracia obrera, miedo de la democracia de los consejos, miedo de que la propia clase obrera ejerza el poder.

Para nuestros amigos maoístas la contradicción es todavía mayor. Les resulta aún más difícil explicar los acontecimientos de Hungría en términos sociales, marxistas, de clase. Se encuentran ante el siguiente rompecabezas. En Rusia existe el capitalismo. El capitalismo lo restauró Jrushchov, si no me equivoco en el XX Congreso del Partido Comunista ruso, en febrero del 56. El contrarrevolucionario Jrushchov, representante del socialimperialismo y del socialfascismo, interviene en Hungría contra los trabajadores húngaros. La contrarrevolución interviene contra la contrarrevolución. Curioso. ¿Podemos encajar eso de manera lógica? ¿Intervino quizá Jrushchov en Hungría para defender la dictadura del proletariado? Pero ¿por qué iba Jrushchov, que derribó la dictadura del proletariado en Rusia, a defender la dictadura del proletariado en Hungría? Es una cosa bien curiosa.

Jrushchov representa el socialimperialismo que ha convertido en colonias a los demás países de Europa del Este. Un levantamiento en las colonias, incluso un levantamiento de la burguesía, es un levantamiento progresista. ¿Estaremos quizá en Hungría ante un levantamiento progresista de la burguesía nacional? No, se nos dice, estamos ante una contrarrevolución. Una contrarrevolución contra el socialimperialismo. Es una cosa extraordinariamente curiosa, que no hay por dónde coger. Y esa contrarrevolución contra el socialimperialismo la llevan a cabo millones de trabajadores, organizados en sus empresas, en consejos obreros que se hacen cargo de las fábricas, toman las fábricas en sus manos, toman el poder en sus manos, toman las armas en sus manos. ¿Para hacer qué? ¿Para devolver esas fábricas al capitalismo? ¿Dónde habéis visto alguna vez una clase obrera que haga eso? ¿Que tome en sus manos las fábricas, la dirección de las fábricas, con el único deseo de devolvérselas al enemigo de clase?

Ese enemigo de clase, por cierto, ya ni siquiera estaba allí: la burguesía no estaba físicamente presente. Los burgueses húngaros estaban en América y en Alemania Occidental, no en Hungría. Se habían largado, y desde su punto de vista con razón, porque allí ya no tenían nada que hacer. Y lo que esos trabajadores húngaros querían hacer con esas empresas lo podéis leer en sus declaraciones. Porque todos publicaron un programa, una serie de puntos programáticos, de reivindicaciones, y en folletos y otros escritos se han reproducido muchos ejemplos. Podéis repasar todas esas declaraciones, manifiestos, programas y plataformas reivindicativas de esos consejos obreros: no encontraréis un solo ejemplo en el que no diga literalmente (porque esos trabajadores son trabajadores con conciencia de clase, y trabajadores lo bastante inteligentes como para comprender qué calumnias se van a emplear contra ellos en el plano internacional), no hay una sola declaración de un consejo obrero en la que no diga literalmente: estamos en contra de la restauración de la propiedad privada. Estamos en contra de devolver nuestras empresas a sus antiguos propietarios capitalistas. Estamos en contra de devolver la tierra a los antiguos terratenientes. Estamos a favor de la gestión de las fábricas nacionalizadas, socializadas, por los propios trabajadores.

Y pregunto a los amigos maoístas: ¿es ese el programa de la contrarrevolución burguesa? Un programa que dice: contra la restauración del capitalismo, contra la restauración de la propiedad privada capitalista, por la gestión de las empresas por los propios trabajadores: ¿es eso un programa capitalista? ¿Es un programa contrarrevolucionario? ¿Es un programa fascista? ¿O es el programa normal de una revolución obrera?

Tenéis, pues, una doble contradicción. El socialfascista Jrushchov como representante de la dictadura del proletariado; y el socialfascista, socialimperialista y restaurador del capitalismo Jrushchov como representante de la dictadura del proletariado contra el proletariado, contra los trabajadores húngaros. Porque no interviene contra la burguesía. No interviene contra ejércitos norteamericanos o de Alemania Occidental. Interviene contra consejos obreros húngaros, contra trabajadores húngaros que han ocupado las fábricas y han organizado la huelga general de una manera extraordinariamente eficaz. Como decía, no hay por dónde cogerlo.1 Es contradictorio.

Y la única razón (porque no hay otra) por la que nuestros amigos maoístas no se atreven a decir que la intervención rusa de Jrushchov en Hungría fue tan contrarrevolucionaria, tan escandalosa, tan opresora y explotadora como la intervención rusa contra Checoslovaquia en 1968 es que Mao Zedong, casualmente, aprobó aquella intervención en su momento. Y como Mao Zedong, por definición, no puede equivocarse nunca, y como por definición nunca se puede decir otra cosa que lo que dice Mao Zedong, nuestros amigos maoístas no pueden reconocer que en Hungría ocurrió lo mismo que en Checoslovaquia.

No hay absolutamente ninguna diferencia. Si hay alguna diferencia, es a favor de los húngaros. Porque en Checoslovaquia no hubo tantos consejos obreros, no hubo huelga general, no hubo una actitud tan clara, tan cien por cien clara de la clase obrera como en Hungría. En Checoslovaquia hubo un poquito más de confusión, pero solo un poquito, ¿eh?; la diferencia no es muy grande, pero un poquito más de confusión. En Hungría las cosas estaban más claras en cuanto a la autoorganización de la clase obrera, en cuanto a la huelga general, en cuanto a la lucha obrera y en cuanto a la represión nacional, clarísima, de un levantamiento popular y de una revolución obrera por una gran superpotencia extranjera. Pero como esa superpotencia no fue criticada por Mao en aquel momento, pues ahí siguen hoy nuestros amigos maoístas, sin poder decir esta boca es mía.

¿Por qué no triunfó aquella causa? Pues aquí podemos sacar una conclusión extraordinariamente importante sobre el límite de la espontaneidad obrera. Creemos que el marxismo revolucionario, que el leninismo, implica el reconocimiento de la necesaria espontaneidad obrera, de la necesaria autonomía de la clase trabajadora, del enorme auge de las luchas obreras espontáneas en los periodos prerrevolucionarios y revolucionarios. El propio Lenin, por cierto, tanto en 1905 como en 1917, escribió sobre esos movimientos de masas espontáneos palabras más profundas, más elogiosas, más entusiastas que nadie en la historia del movimiento obrero, incluidos Trotsky y Rosa Luxemburg. La diferencia entre espontaneístas y leninistas, entre espontaneístas y marxistas revolucionarios, no consiste en que los leninistas y los marxistas revolucionarios subestimen el movimiento de masas espontáneo, no lo reconozcan, lo condenen, lo desbaraten, lo aplasten. No, consiste únicamente en que reconocen los límites de ese movimiento. En que reconocen que el movimiento de masas espontáneo es una condición necesaria, pero no suficiente, para una revolución victoriosa.

Una condición necesaria, porque sin movimiento de masas espontáneo no pondréis en movimiento a millones y millones de personas, y no podréis hacer realidad esa verdad elemental del marxismo según la cual la emancipación de la clase obrera ha de ser obra de la propia clase obrera. No obra del partido, no obra de la dirección del partido y no obra del presidente del partido, sino obra de la propia clase obrera. Pero esa espontaneidad sola no basta. Y Hungría es, después de España, después de la España de julio, agosto, septiembre, octubre y noviembre de 1936, el segundo mejor ejemplo de los límites de esa espontaneidad.

Espontáneamente, los trabajadores son capaces de llevar a cabo una huelga general victoriosa. Sí. Espontáneamente, son capaces de ocupar fábricas. Sí. Espontáneamente, son capaces de formar consejos obreros. Sí. Pero espontáneamente no son capaces de elaborar un proyecto político, un programa político, un plan político de conquista del poder político que les permita impedir que todos sus enemigos, todos los que quieren impedir, obstaculizar o reprimir el ejercicio de ese poder político, lleven a cabo sus, digamos, escandalosos cálculos y escandalosos planes.


Quinta parte (Mandel, IV): Por qué perdieron los consejos: todo el poder a los consejos

Espontáneamente no se puede llevar a cabo una estrategia intrincada, complicada, muy, muy compleja de conquista del poder político, de centralización del poder político de la clase obrera. Para eso hace falta absolutamente una dirección política, una vanguardia política, un partido revolucionario.

Y ese partido revolucionario no existía en Hungría en el 56. Lo que vivimos, pues, fue una repetición, lo digo una vez más, de lo que vimos en la revolución española del 36: consejos obreros que saben lo que tienen que hacer en el terreno de cada empresa. El primer paso adelante lo conocen; los trabajadores pueden darlo normalmente con su sentido común, su instinto de clase y su conciencia de clase elemental. Primero organizar la huelga, luego ocupar la empresa, luego reanudar la producción bajo su propia dirección. No digo que sea fácil, pero en fin, para eso no hace falta ser un sabio ni tener una gran experiencia de organización revolucionaria. Pero en cuanto hay que dar el segundo, el tercer, el cuarto paso… ¿Cómo tienen que centralizarse ahora esos consejos entre sí? ¿Qué tienen que hacer en esa centralización? ¿Con quién tienen que negociar? ¿A quién tienen que eliminar? ¿Cómo tienen que armarse? ¿Cómo tienen que intentar elaborar un proyecto de conquista del poder político? Ahí chocan con dificultades insuperables cuando no hay una vanguardia política consciente, cuando no hay un partido revolucionario consciente.

Y eso lo hemos visto. Lo máximo que los trabajadores húngaros pudieron lograr espontáneamente, y ni siquiera eso era ya del todo espontáneo, porque dentro de los consejos obreros empezaba a formarse un pequeño núcleo de militantes revolucionarios de vanguardia… Fue uno de esos militantes quien hizo la propuesta de crear un consejo obrero central: Miklós Krassó. Por cierto, ahora está en Europa occidental, vive en Inglaterra, se puede hablar con él y preguntarle por sus experiencias, y os lo puede contar todo con detalle. Y esa propuesta la aceptaron prácticamente de inmediato todos los consejos obreros de Budapest. Ese fue, pues, el máximo que se pudo alcanzar: que cuatrocientas o quinientas de las mayores empresas, grandes y pequeñas, del Gran Budapest formaran un Consejo Obrero Central con delegados elegidos en cada una de esas empresas.

Pero sobre lo que ese consejo obrero tenía que hacer exactamente empezaron a surgir dudas. Unos decían dentro de ese consejo: seguir organizando solo la huelga, seguir organizando la huelga general. Y eso llevaba, naturalmente, a un callejón sin salida. No se puede hacer huelga durante meses sin tener un proyecto concreto. No se puede paralizar durante meses la vida económica, la producción de un país moderno, sin proponer qué se quiere poner en lugar del gobierno político existente. Otros decían: negociar con los rusos, para que aparten a Kádár y vuelvan a reconocer al gobierno de Nagy, o nos reconozcan a nosotros como representantes de la clase obrera húngara y del pueblo húngaro. Otros decían: «No, negociar con Kádár, para que Kádár nos reconozca como representantes de la clase obrera húngara y nos incluya en la nueva Constitución húngara y en la nueva forma de administrar el país». Un cuarto grupo decía: negociar con los rusos y con Kádár, y ponerse de acuerdo con quien nos haga más concesiones; si son los rusos, bien; si es Kádár, bien. Un quinto decía: no negociar con nadie, porque si negocias te van a engañar. Etcétera, etcétera.

Y una vez que ya no había en todo aquello una línea política, una concepción estratégica; una vez que no sabían lo que realmente querían ni podían hacer con aquel enorme poder que tenían en potencia; y una vez que prácticamente no había nadie (porque es un hecho: ningún grupo, ni siquiera aquel pequeño núcleo revolucionario que se estaba formando) que elaborara el proyecto preciso de poner en manos de un gobierno de los consejos, de un gobierno soviético, no solo la gestión de las empresas sino toda la administración del Estado, entonces solo era cuestión de tiempo. Kádár y los rusos verían menguar ese poder por la desintegración, el desgaste, el agotamiento. Cada vez más grupos de trabajadores que, tras cinco, seis, siete semanas de huelga, empezaban a cansarse de seguir en huelga sin un objetivo político, sin un proyecto político claro…

Y la táctica de Kádár era también muy clara y muy hábil, y al final le salió bien. Consistía en hacer todas las concesiones sobre el papel, todas las concesiones, incluso en la radio y en la televisión, con una sola condición: poned fin a la huelga general. Es un truco que aprendió de los capitalistas y de los gobiernos burgueses; ellos también lo conocen bien. Mientras dura la huelga, mientras el poder de los trabajadores está ahí, promete todo lo que quieras. Pero en cuanto la huelga ha terminado, en cuanto ese poder ya no está, puedes retirar dos tercios, tres cuartos, nueve décimos de todas tus promesas, porque entonces ya no hay ningún poder que imponga su cumplimiento. Y así podéis leer en los periódicos de entonces, los periódicos oficiales de Hungría, la prensa oficial de los estalinistas húngaros, y en los boletines de radio y televisión, que Kádár dice: ¿reconocimiento de los consejos? Sí. ¿Salvoconducto para todos los miembros de los consejos obreros? Sí, nadie será encarcelado, nadie será perseguido. Sí. ¿Incluir los consejos en la Constitución? Sí. ¿Derecho de huelga? Sí. Todo: sí, sí, sí, sí, sí. Solo con una condición: volved a poner en marcha la producción. Haced que vuelvan a circular los trenes. Haced que vuelvan a circular los autobuses y los tranvías. Haced que vuelva a funcionar el suministro de agua. Haced que vuelvan a funcionar las centrales eléctricas, y entonces cumpliremos todo lo que os prometemos.

Y en cuanto los consejos obreros, desorientados, desorientados por falta de objetivos políticos concretos y de dirección revolucionaria, empezaron a hacer concesiones sobre la vuelta al trabajo, todas esas promesas fueron retiradas. Entonces los primeros consejos obreros, los miembros de los primeros consejos obreros, fueron encarcelados, fusilados, ahorcados, o tuvieron que huir para no ser fusilados y ahorcados. Entonces ya no se habló más de reconocer los consejos, ni de reconocer el derecho de huelga en la Constitución. Entonces todo aquello se retiró, y triunfó una contrarrevolución, una contrarrevolución burocrática contra la clase obrera.

La conclusión que podemos sacar de todo ello es que no existe otro medio de hacer realidad el dominio directo de la clase obrera que un poder obrero institucionalizado en consejos obreros, con partidos políticos revolucionarios, con una vanguardia política revolucionaria que gane dentro de esos consejos la mayoría para la línea marxista revolucionaria: no con medios administrativos, no con la represión, no con la opresión, no con la violación de los derechos y libertades democráticos del pueblo trabajador, sino con la persuasión, con la posibilidad de la persuasión política, con la fuerza de su línea política correcta y de su programa político correcto.

Cualquier otro modelo de un supuesto Estado socialista o de un supuesto país socialista (nosotros decimos: de una sociedad de transición entre el capitalismo y el socialismo bajo la dictadura del proletariado) degenerará en un régimen burocrático, en un régimen en el que la clase obrera no ejerce directamente el poder. Y tendremos ocasión en las próximas semanas y meses (en realidad ya hemos tenido esa ocasión en los últimos meses, pero en fin, algunos no son tan rápidos como otros a la hora de sacar conclusiones), en las próximas semanas, meses y años, de comprobar en la práctica que el modelo de Mao era una ilusión, como siempre hemos dicho. Que las movilizaciones de masas por sí solas no bastan para impedir la burocracia. Que las revoluciones culturales por sí solas no bastan para impedir la concentración burocrática del poder. Lo estamos viviendo ahora de una manera muy clara, y no habrá que esperar mucho para que en China todos los fenómenos se parezcan muchísimo a los de Stalin, Jrushchov y Brézhnev: en el terreno económico, en el social, en el político, en el cultural, en el de la colaboración con Occidente, en el de la imitación del modelo de desarrollo occidental, en el de la importación de técnica, de organización, de gestión empresarial según los modelos que se enseñan en las universidades occidentales.

Ya lo veréis: dentro de seis meses, de un año, de dos años, de tres años, tendréis esas escuelas de gestores de las que tanto habla ahora la prensa maoísta cuando habla de Rusia. Esas mismas escuelas de gestores las vais a tener en China. Todos los preparativos económicos para ello ya están hechos. Esa es la esencia del cambio en la dirección política que se ha producido en China en las últimas semanas: que allí se implantan esa misma administración y ese mismo modelo de desarrollo. Y entonces tendréis que sacar vuestra conclusión.

Mao tenía buenas intenciones. Los Guardias Rojos tenían buenas intenciones. Los rebeldes revolucionarios tenían buenas intenciones. Las masas revolucionarias y los maoístas de Occidente tenían buenas intenciones. Pero no se puede romper el poder de la burocracia en el terreno de la cultura, de la ideología, de la superestructura, si no se rompen sus instituciones. Y sus instituciones son el monopolio del ejercicio de la gestión en el Estado y en la economía, en el Estado y en las empresas. Solo hay un medio de romper el poder de la burocracia: todo el poder en manos de consejos de obreros, campesinos y soldados elegidos democráticamente. Todo el poder en manos de un congreso nacional e internacional de consejos de obreros, campesinos y soldados elegido democráticamente, según el modelo de El Estado y la revolución, según el modelo de la Revolución de Octubre, según el modelo de los documentos programáticos de la Internacional Comunista.


Sobre este texto

Fuente. Traducido del neerlandés, a partir de una transcripción revisada de los cinco archivos MP3 que Herman Michiel digitalizó de su casete de 1976 (Marxists Internet Archive, diciembre de 2006). La base es una transcripción automática (Notta); los pasajes dudosos se volvieron a escuchar con una segunda transcripción automática (Whisper). La grabación dura unos 85 minutos; el turno de preguntas no se grabó, y falta el comienzo de la presentación. Existen también versiones en neerlandés, inglés y alemán.

Edición. Ligeramente corregido para su publicación: se han suprimido muletillas, frases interrumpidas y repeticiones, y se han incorporado sin indicarlo las autocorrecciones del orador. La división en párrafos y los títulos son de la redacción. El tratamiento al público (el ge flamenco del original) se ha vertido con vosotros. La terminología y la grafía siguen el uso de Inprecor en castellano.

Correcciones. - Kominform: los comunistas yugoslavos fueron expulsados de la Kominform en 1948. Así se oye en la grabación; la transcripción decía «Comecon». - Júlia Rajk: la viuda de Rajk aparece en ambas transcripciones como «Elsa». Se llamaba Júlia Rajk (de soltera Földi). Vivía todavía en Budapest en 1976 y murió en 1981. El nuevo entierro de László Rajk tuvo lugar el 6 de octubre de 1956. - Fundación Léon Lesoil: las transcripciones deforman el nombre del organizador. Era la fundación de formación de la RAL/LRT, que llevaba el nombre del trotskista belga Léon Lesoil (1892-1942). - SJW: la Joven Guardia Socialista (Socialistische Jonge Wacht), organización juvenil de la RAL. Todas las transcripciones oyen «SCW»; SJW está confirmado. - Miklós Krassó (1930-1986), a quien Mandel llama «Nicholas», participó en 1956 en los acontecimientos de Budapest, emigró a Gran Bretaña y escribió en New Left Review como Nicolas Krasso. Mandel le respondió en esa revista en 1968 sobre el marxismo de Trotsky. - La sesión del Comité Central polaco que eligió primer secretario a Gomułka (el VIII Pleno) se celebró del 19 al 21 de octubre de 1956, y no el 23 de octubre como dice Mandel. Se ha dejado tal cual.

Nombres. Los nombres húngaros van en su grafía húngara (Rákosi, Gerő, Kádár, Rajk, Petőfi, Krassó), aunque Inprecor solía omitir los acentos. Los nombres rusos siguen la transcripción recomendada en castellano (Jrushchov, Brézhnev, Beria, Trotsky).

Contexto. El «cambio en la dirección política que se ha producido en China en las últimas semanas» es la detención de la Banda de los Cuatro el 6 de octubre de 1976, un mes después de la muerte de Mao. Mandel anuncia cinco razones del levantamiento, pero solo numera cuatro. El «preámbulo» y la «ley-programa» de la presentación se refieren a una campaña estudiantil belga en Lovaina en 1975-1976; los detalles no se han comprobado.


  1. Mandel juega aquí con la expresión neerlandesa er geen mouw aan kunnen passen («no poder ajustarle una manga», es decir, no encontrarle ni pies ni cabeza), sustituyendo mouw («manga») por Mao: Daar is geen Mao aan te passen. ↩

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